Así vivía a muller
Topei esta magnífica entrada sobre a muller na Antigüidade:
Hoy
en día, cuando la mujer lucha por alcanzar un plano de total igualdad
con el hombre, social y profesionalmente, es importante remontarnos al
pasado y ver cuál era su condición en la antigüedad.
Entre
los sumerios la mujer gozó de un plano social muy similar al de la
egipcia, si bien no llegó a igualarlo. Tenía sobre sus hijos los mismos
derechos que el marido y, en ausencia de éste, administraba los bienes
comunes y era la autoridad suprema del hogar. También tenía la libertad
de emprender negocios particulares en forma completamente independiente
del marido, poseía esclavos y tenía derecho de vida o muerte sobre
ellos. En ocasiones, como fue el caso de la cortesana Shub-ad, pudo
llegar a reina y gobernar en su ciudad con autoridad suprema.
Entre
los hebreos, como fue habitual entre casi todos los pueblos semíticos,
la mujer nunca igualó al hombre en el ejercicio de sus derechos. En tal
sentido, su condición fue bastante similar a la de la babilónica y
sumeria, si bien tratándose de un pueblo de gran religiosidad y celoso
de la moral, al menos ella no se transformó jamás en un mero objeto de
placer, como lo fue en aquéllos.
En
la sociedad romana primitiva, austera y apegada al laboreo de la tierra
tanto como a la guerra, la mujer ocupó un papel secundario y totalmente
oscuro. Era la esposa sometida a la voluntad del amo y señor, madre
paciente y laboriosa, y compañera del hombre en las tareas cotidianas.
Hoy
en día, cuando la mujer lucha por alcanzar un plano de total igualdad
con el hombre, social y profesionalmente, es importante remontarnos al
pasado y ver cuál era su condición en la antigüedad.
LA MUJER EGIPCIA
Desde
sus remotos comienzos, Egipto honró a la mujer transformándola en el
hada protectora del hogar y la comunidad. La mujer egipcia gozó, quizá
como ninguna otra, de amplias libertades y derechos; podía llegar a
ocupar cargos administrativos, realizar operaciones comerciales o,
inclusive, sentarse en el trono de los faraones.
Puede
enumerarse una larga lista de célebres egipcias que fueron madres,
esposas e hijas de reyes, cuya influencia en la historia del país del
Nilo fue sumamente beneficiosa. Entre otras, recordamos a la princesa
Nofret, a la gran faraona Hatshepsut, a la bella Nefertiti, esposa de
Amenhotep IV, a Nefertari, gran esposa real de Ramsés II, o a la hija de
Seti I, aquella princesa que rescató a Moisés de las aguas. Finalmente,
y ya en el ocaso de su historia, Egipto coloca frente a nuestros ojos
la figura de Cleopatra.
El
pueblo del Nilo, que podría parecernos pesimista y obsesionado por la
idea de la muerte, fue en verdad una nación feliz y amante de la vida y
la naturaleza. Escenas en tumbas y templos nos muestran paisajes
bellísimos, una buena mesa, o al faraón gozando de un instante de
intimidad junto a su esposa e hijos.
En
la época del Imperio Nuevo, cuando las conquistas cubrieron a Egipto de
riquezas, hombres y mujeres se lanzaron ansiosamente a la compra de
toda una serie de artículos destinados a engalanar sus personas. Joyas y
ropajes delicados tenían gran aceptación aun entre las clases más
humildes, al igual que adornos de bronce y cosméticos.
LA MUJER SUMERIA
Entre
los sumerios la mujer gozó de un plano social muy similar al de la
egipcia, si bien no llegó a igualarlo. Tenía sobre sus hijos los mismos
derechos que el marido y, en ausencia de éste, administraba los bienes
comunes y era la autoridad suprema del hogar. También tenía la libertad
de emprender negocios particulares en forma completamente independiente
del marido, poseía esclavos y tenía derecho de vida o muerte sobre
ellos. En ocasiones, como fue el caso de la cortesana Shub-ad, pudo
llegar a reina y gobernar en su ciudad con autoridad suprema.
Una
actividad muy anhelada por cualquier muchacha sumeria era la de
ingresar como sacerdotisa en los templos de los dioses. Los padres de
una jovencita demostraban su satisfacción y orgullo entregando su dote
matrimonial al santuario.
Sin
embargo, a pesar de sus libertades, la mujer en Sumer estaba sujeta a
la autoridad del hombre. Éste podía venderla en determinados casos o
entregarla como esclava para pagar sus deudas.
La
misión básica de la mujer en la sociedad sumeria consistía en dar
muchos hijos a su esposo y al Estado, y en caso contrario él podía
divorciarse de ella sin alegar ninguna otra razón.
La condición de la mujer de las clases inferiores era sumamente penosa, ya que debía trabajar en los campos igual que el hombre.
En
Babilonia, heredera de la civilización sumeria, la situación de la
mujer fue bastante similar a la de Sumer. Tanto las muchachas como los
jóvenes gozaban de notable libertad. Se han hallado tablillas de piedra o
barro cocido con poemas de amor en los cuales el joven alaba la
hermosura de su amada con expresiones tales como "mi amor es una luz" o
"mi corazón se hincha de alegría y de cánticos frente a mi amada". E
incluso en una carta que data del año 2100 a. de C. encontramos lo
siguiente: "A Bibiya... Samás y Marduk te den salud para siempre... He
mandado (a preguntar) por tu salud; hazme saber cómo estás. He llegado a
Babilonia y no te veo; estoy muy triste".
Frases como éstas bien pudieron ser escritas por un joven esposo de nuestros días al cabo de un largo viaje.
El
matrimonio era concertado por los padres de la pareja por medio del
intercambio de presentes. El pretendiente hacía al padre de su novia un
regalo valioso, pero se esperaba que éste diese a la muchacha una dote
de valor superior al presente. Así era difícil determinar quién era
comprado: si la muchacha o el joven.
Un
hombre podía divorciarse de su esposa devolviéndole la dote y diciendo
sencillamente: "Ya no eres mi esposa", al igual que la ausencia de hijos
bastaba para la separación legal.
LA MUJER HEBREA
Entre
los hebreos, como fue habitual entre casi todos los pueblos semíticos,
la mujer nunca igualó al hombre en el ejercicio de sus derechos. En tal
sentido, su condición fue bastante similar a la de la babilónica y
sumeria, si bien tratándose de un pueblo de gran religiosidad y celoso
de la moral, al menos ella no se transformó jamás en un mero objeto de
placer, como lo fue en aquéllos.
Una
sociedad originalmente tribal, donde el jefe de la comunidad era
autoridad suprema e indiscutible, no pudo, salvo muy breves períodos,
superar esa condición básica. La honra de la mujer se basaba en dos
premisas: fidelidad al esposo y una pródiga descendencia. La mujer
estéril era despreciada y repudiada por el esposo como una señal del
castigo divino.
El mandato de
Dios a la mujer fue: "Tu deseo será para con tu esposo, y éste mandará
en ti". Pero a pesar de esto, la legislación hebrea contempla a la mujer
con respeto. En el relato del Génesis encontramos a Dios formando a Eva
de una costilla de Adán. No la tomó de la cabeza, para que no fuese
superior al hombre, pero tampoco de los pies, para que tuviera autoridad
sobre él. La formó del costado, lo cual indicaba igualdad entre ambos.
La
Biblia está llena de ejemplos de heroicas y sublimes mujeres que
jugaron un papel fundamental en la historia del pueblo de Israel: Ester,
una muchacha humilde, llegó a ser reina y salvó así a sus compatriotas
de injustas persecuciones; Débora, valerosa mujer que marchó junto a los
ejércitos hebreos alentándolos en la lucha y juzgando al pueblo; Judit,
quien libertó a su pueblo del poderío asirio quitando la vida al
general Holofernes, y, por último, María, la madre de Jesucristo.
En
Grecia la mujer se agrupó en dos categorías: esclava y libre. La
esclava era objeto de placer, sirviente sumisa encargada de satisfacer
los deseos del hombre, dedicada a los quehaceres domésticos o, en el
mejor de los casos, ama de llaves en la mansión de los ricos.
La mujer libre gozó de gran estima y llegó a ocupar un sitial de respeto, aunque jamás de igualdad con el hombre.
Entre
los espartanos, posiblemente encontremos el único caso donde la mujer
llegó casi a igualar al hombre. Famosa es aquella anécdota del soldado
espartano que, huyendo de la lucha, volvió a su hogar. Allí lo aguardaba
su madre, la cual le preguntó si retornaba victorioso. Cuando el
soldado le respondió que había huido para salvar su vida, la madre le
arrebató la espada dándole muerte con ella para lavar el deshonor que
había caído sobre su casa.
Los
espartanos reverenciaban a la mujer, ante todo, en su calidad de madre,
responsable de inculcar en los hijos el respeto hacia las leyes, el
coraje y la templanza. Ocupó su lugar junto al hombre no sólo en la vida
social sino ocasionalmente también en la política, cosa que en Atenas
no ocurrió. Ni siquiera en tiempos de Pericles, época de gran
prosperidad económica y florecimiento de las artes y letras, la mujer
ateniense logró superar un puesto subordinado al del hombre. Podía
acompañarlo a los espectáculos públicos, llevar a cabo negocios o tener
propiedades, pero siempre debía callar en las asambleas públicas y
guardar respeto al hombre.
LA MUJER ROMANA
En
la sociedad romana primitiva, austera y apegada al laboreo de la tierra
tanto como a la guerra, la mujer ocupó un papel secundario y totalmente
oscuro. Era la esposa sometida a la voluntad del amo y señor, madre
paciente y laboriosa, y compañera del hombre en las tareas cotidianas.
Al
urbanizarse la sociedad, y en especial, durante los períodos que
llevaron a la formación del imperio, la mujer fue elevándose
gradualmente hasta llegar a compartir incluso el trono de los Césares.
Siendo
Roma la capital del mundo, a cuyos pies yacían pueblos y naciones, la
dama romana adquirió privilegios nunca antes conocidos. Era respetada en
base a su talento y no sólo por su belleza o alcurnia. Administraba sus
bienes y negocios con gran capacidad y total independencia del hombre,
tenía sirvientes y esclavos, y asistía a banquetes y reuniones junto
con el esposo. Se cuenta que Cleopatra, tras la derrota de Marco
Antonio, prefirió la muerte antes que ir como esclava a Roma para servir
de objeto de escarnio a las patricias romanas. Agripina, madre de
Nerón, contrajo nupcias con su tío, el emperador Claudio, tras haber
asesinado a su marido; y tanta fue su influencia sobre el emperador, que
logró que aquél desheredara a su propio hijo, Británico, en favor de
Nerón. Bajo el reinado de éste alcanzó inmenso poder hasta que Nerón,
temeroso de su influencia, la mandó asesinar.
En
términos generales, la mujer romana igualó a la egipcia, pero nunca
pudo alcanzar total igualdad con el hombre salvo excepciones; y aun así,
únicamente a través del matrimonio o la intriga.


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